Todos a la vez en todas partes

Una película insólita ha llegado a las carteleras españolas, tras un inesperado viaje que ha ido de la marginalidad relativa al estreno internacional: se llama Todos a la vez en todas partes —fiel traducción de su título original— y en él sus dos creadores, Dan Kwan y Daniel Scheinert, han conseguido la cuadratura del círculo. O, al menos, un círculo: el que une las líneas de la parodia y la tesis sin desmontar la invención por falta de credibilidad. Pero es que también lo han hecho con materiales desconcertantes, tomando entre risas la idea del multiverso mientras explora sus posibilidades filosóficas y supera en su campo a toda la saga Marvel —tortura del cinéfilo contemporáneo— con la exploración audaz del anverso fantasioso de la cotidianidad de un personaje vulgar dotado de poderes extraordinarios. El personaje en cuestión es una mujer estadounidense de origen chino, Evelyn Wang (interpretada por Michealle Yeoh, quien saltó a la fama con tigre y dragón), que vive en un suburbio de California plagado de problemas domésticos: manejar su lavandería, presiones del Tesoro, aburrimiento conyugal (Ke Huy Quan, quien disfrutó de la celebridad temprana con Indiana Jones y el templo maldito o los Goonies, interpreta al marido), la visita de su anciano padre y el desconcierto adolescente de su única hija. En el transcurso de una trepidante escena que incluye una memorable actuación el comediante Jamie Lee Curtis como funcionario del IRS, este insignificante mundo familiar se revela conectado —a través del multiverso— a una lucha épica por la salvación del universo. Si sorprende esta sinopsis, más lo es que su desarrollo funcione. ¡Y cómo!

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El mecanismo que hace posible esta sublimación del universo doméstico del protagonista es, como se ha dicho, el multiverso. Su marido resulta ser, en una de las infinitas trayectorias vitales posibles, miembro de un rudimentario comando intertemporal dedicado a combatir a Jobu Tupaki, una encarnación femenina del Mal que pretende destruir el cosmos tras darse cuenta —viviendo todas las vidas posibles— de que la moralidad es infundado La suya es una especie de versión corrupta del existencialismo: como si se hubiera malinterpretado la frase de Camus según la cual el que entiende que este mundo no tiene importancia ganará su libertad. El nihilismo de esta excéntrica villana, que por momentos parece salida de Tik Tok, tiene su expresión delirante en un rosquilla gigante que funciona como un agujero negro capaz de absorber gradualmente toda la materia existente. Desde Alphaverse y con el fin de detener su devastador deseo, la resistencia busca al Elegido: el héroe dotado de los poderes necesarios para derrotar a Tupaki y evitar la desaparición del universo. Sus pocos integrantes se encargan de buscar en el multiverso rutas que hagan posible la transformación de alguien —que previamente ha tenido que hacer algo excéntrico para activar su migración— en una de las posibles versiones de sí mismo. Durante su primer enfrentamiento con el revisor fiscal, Evelyn se salva de ella convirtiéndose en la experta en artes marciales que pudo han estado en un universo alterno.

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Este mecanismo es una fuente permanente de hilaridad., ya que a través del montaje se pone de manifiesto la simultaneidad de los diferentes Wang imaginables. Conocemos así a Evelyn que se convierte en una famosa actriz, lo que da paso a segmentos en los que se homenajea y parodia el cine —la estética visual y los diálogos románticos— de Wong-Kar Wai; con su entrenamiento que la lleva a ser una practicante superlativa de las artes marciales, incluyendo guiños a las películas japonesas de samuráis y a las de Tarantino matar a bill; con Evelyn que triunfa como cantante ciega después de haberse caído de niña en dos palillos en medio de la calle; así como una hilarante especulación sobre una trayectoria alternativa de la evolución humana que habría entusiasmado a Kurt Vonnegut, presentándonos una especie dotada de dedos muy largos y flexibles cuyo triunfo sobre su rival con extremidades “ordinarias” se escenifica con una irresistible reelaboración de la escena inicial de 2001. Menos afortunado es el universo donde Wang y su hija se han convertido en rocas en un planeta vacío y se comunican entre sí a través de mensajes de texto superpuestos en la pantalla; y ello a pesar de que este breve episodio intenta explicitar —quizás demasiado— uno de los temas de la película: la angustia pascaliana que provoca la indiferencia del cosmos y la dificultad de responder a ella sin desesperación ni amargura. También hay alguna broma grosera que Kwan y Scheinert podrían haber evitado: son los riesgos del llamado “cine maximalista” dentro del cual se ha enmarcado la película. Pero estos son reproches menores; la pelicula es una proeza llena de creatividad y humor que demuestra que Hollywood no tiene por qué languidecer entre uniformes de superhéroes y comedias infantiles.

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Avancemos: en la superposición de los planos familiar y cósmico está la clave dramática de la película, al servicio de su ritmo acelerado y su imaginativo diseño de producción. La villana Tupaki no es otra que la hija de Evelyn, atormentada por los problemas ordinarios de la adolescencia y por el hecho de que su madre no puede aceptar que es lesbiana: el agujero negro en forma de rosquilla es un símbolo —muy material— del nihilismo adolescente, así como una de las posibles respuestas que el temperamento humano puede dar al sinsentido de la existencia. Es un romanticismo destructivo que busca extender al resto del universo el sufrimiento sufrido por la conciencia desdichada; un egoísmo introspectivo que resulta espada en mano. Lanzándose inicialmente al combate, la madre de Joy tarda en comprender que la respuesta a esta agresión está en aceptar los conflictos que tiene con su hija, con su esposo, con el mundo. Y, sobre todo, consigo misma: Evelyn se acepta a sí misma y con ello “salva” el cosmos.

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Es aquí donde los directores aprovechan al máximo el artificio del multiverso, riéndose de él mientras lo exprimen: en una sociedad como la norteamericana, donde el contraste entre el perder y el ganador es constante y la posición que cada uno ocupa en la sociedad se deriva —¡mala meritocracia!— de las decisiones (las famosas elecciones) que el individuo toma en el curso de su vida, el espectro de trayectorias alternativas puede rondar a quienes no han obtenido el resultado esperado. Regentar una lavandería acosada por Hacienda y soportar un tedioso matrimonio con un marido torpe no es precisamente la vida a la que aspiraba Evelyn cuando emigró a Estados Unidos; la visita de su padre —interpretado por el memorable James Hong, el mayordomo de Angela Channing en Cresta de halcón— viene a recordárselo. Su marido, actuando como emisario del Alfaverso, tampoco contribuye a reforzar su autoestima: su razonamiento es que sólo ella puede ser la verdadera elegida, ya que sólo quien todo lo hace mal puede triunfar en la tarea suprema de detener el Tupaki. De hecho, nuestra protagonista siente una alegría infantil cuando se convierte en la Evelyn que sabe artes marciales: nunca había sido buena en nada.

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Por supuesto, todo lo que vemos en pantalla puede ser —seguramente lo es— producto de la imaginación de Evelyn: una loca sublimación de los conflictos personales que la atenazan ya quien da lugar a través de una fantasía de altos vuelos que, sin embargo, se nutre en todo momento de elementos cotidianos. En la lucha final para salvar a la hija de Ella Joy de la atractiva vis del agujero negro, el padre de Evelyn se convierte en una especie de cíborg adhiriendo a su cuerpo lo que parecen ser decenas de fotocopiadoras, mientras que una de las versiones de su marido es capaz de derrotar a cinco policías en el edificio de Hacienda mediante el uso prodigioso de una riñonera como arma de combate; sin olvidar el rosquilla o de ese grupo de luchadores del Alfaverso que recorre una carretera rural en un camión de segunda mano mientras manipula una maquinaria de aspecto casero que parece salir de volver al futuro. También es plausible que los universos alternos con mayor presencia en la película provengan de las experiencias de Evelyn como espectadora. Sea como fuere, el multiverso comienza y termina consigo misma: un sueño heroico que ofrece una salida imaginaria para las decepciones de la vida adulta.

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De ahí que la película sólo pueda terminar con el rechazo del multiverso y el consiguiente abrazo a la pobreza cotidiana del protagonista., que ha entendido que no tiene más vida que esa y que debe reconciliarse con ella. Es tentador concluir que los directores también dicen que el multiverso no es el futuro del cine, sino una laboriosa distracción de la realidad del conflicto humano. Paradójicamente, lo hacen explotando con brillantez las posibilidades que ofrece la propia noción de multiverso, brindándonos una película original y trepidante que —como se ha visto— no carece de profundidad a pesar de deslizarse rápidamente por la superficie de la pantalla. Si descontamos tributos e influencias (añadimos el guiño a Víspera de Todos los Santoslos ecos de Michel Gondry y Charlie Kaufman, la lejana referencia de La Jetéela extraña indiferencia de Zoolander), una posible forma de abordar Todos a la vez en todas partes es considerarlo como una variante excéntrica del musical: aquí también la realidad se suspende abruptamente y aquí también los personajes comienzan a comportarse de manera improbable desafiando las leyes de la lógica. En cualquier momento, pues, lo cotidiano se entrelaza con lo maravilloso en beneficio del espectáculo. Solo tenemos que disfrutarlo.

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