El Cine de Verano | corriente de luz

Cine de verano Arroyo de la Luz. / maximo salomon

Estrenamos un nuevo apartado histórico de la mano de Máximo Salomón con una primera entrega sobre el recordado cine de verano de Arroyo de la Luz

“El cine es una cinta de sueños”. Orson Welles

En cierta ocasión, estudiando Magisterio, me preguntaron cuál era mi pueblo. Respondí: la gente del cine. Con cara de sorpresa se me acercaron de nuevo: ¿qué pueblo es ese? Respondí: Arroyo. Y comencé a contar la historia del pueblo más cinéfilo de la zona. Porque si hay algo que siempre nos identificó, además de nuestra cerámica, nuestra Virgen y nuestro Retablo de Morales, fue el hecho de ser un pueblo de cine. En ese momento, todavía trabajaba como mesero en el ambiguo del Cine Solano. Pero como ya se ha escrito bastante sobre el cine de Arroyo, por nuestro entrañable cronista, Javier, y por un familiar, último entusiasta de la empresa familiar del séptimo arte, y por mí mismo, me voy a centrar exclusivamente en el « Cine de Verano», aunque -obviamente- haré referencias a algunos pasajes de mi artículo «¿No vas al cine?»

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Tras la inauguración de la primera sala de invierno en 1912, en lo que hoy es el “Corral de Comedia”, la familia Solano lograría el sueño de abrir una sala más grande en 1961, acorde a la demanda de un pueblo de casi diez mil almas. Unas 850 butacas en la platea baja y unas 500 en el anfiteatro general dotaron a nuestra localidad de un plus cultural que solo sería eclipsado unos años después por algunos cines de la capital (Coliseum, Astoria). La película, “El gran pescador” inauguró la sala. Pero la familia Solano había apostado fuerte y nos ofrecieron ver películas bajo el cielo estrellado. Así, entre el antiguo teatro y la nueva sala, se ofreció el “Cine de Verano” cuatro días a la semana, con doble sesión los domingos y festivos de septiembre. Dos meses y medio con una cincuentena de proyecciones de cine. Martes, jueves, sábado y domingo fueron los días de cine. Si los tres festivos que, por caprichos del calendario, caían en el mismo día de la semana (18 de julio, Santiago y Asunción) no coincidían con los días señalados, quedaban tres noches más, con sesión continua, que se sumaban al citado medio centenar. La platea tenía sillas de madera que luego fueron sustituidas por bancos de metal azulado. En la zona del anfiteatro, sobre las escaleras de cemento concentramos a los más pequeños. Entonces no se hizo el cambio de horario de invierno a verano (reglamento de 1974). Estaba oscureciendo alrededor de las nueve y media. En ese momento, aproximadamente comenzó la película. Durante la misma era habitual ver alguna que otra estrella fugaz en nuestro cielo y nos sorprendían los días festivos con los cohetes de la feria. Todas las noches (durante los días 12, 13 y 14 de septiembre hubo fuegos artificiales, al más puro estilo del cine mexicano). En alguna ocasión empezó a lloviznar y nos desplazaron al cine de invierno.

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Era curioso que la entrada al anfiteatro fuera por el actual Corral de Comedias, sobre todo porque -a veces- te encontrabas las mesas preparadas para una boda, ya que este antiguo local estaba alquilado para esos eventos. Por el módico precio de cinco pesetas accedemos a la escalera. En el bar, llamado Ambigú, estaba el señor Adrián que aguantaba pacientemente nuestros ostinatos en la barra pegando una peseta para que nos sirviera un vaso de gaseosa.

Por el vestíbulo actual pasamos a la platea inferior, con un precio de entrada un poco más caro. En el ambigú estaba el señor Félix Paniagua (padre del arroyanísimo Flores Piojo, QEPD), con quien tuve el honor de trabajar durante seis años. Otro, homónimo, Juan Cid y yo formábamos el equipo que sustituía a Cándido Parra y Manuel Parrón. A su vez tomamos el relevo de Víctor Sierra y Fernando Lucas. No quiero pasar por alto el trabajo del Sr. Prudencio Carrero con la ayuda de su hijo Pruden y Francisco Javier García (nuestro cronista). Más tarde, Ángel Labrador.

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Una característica de la empresa Solano para promocionar los cines fue la implementación de la “función femenina”, que consistía en nada más que una entrada bastaba para una pareja, un matrimonio o dos hermanos del sexo opuesto.

En cuanto a las películas que más marcaron mi infancia, quiero destacar “Canciones para después de una guerra”, “La duquesa de Benamejí” y “Rosas blancas para mi hermana negra”. El cine español con Alfredo Landa, López Vázquez o Manolo Escobar versus Conchita Velasco son otra seña de identidad y comentario. Cuando teníamos catorce años, mientras trabajábamos en los Lavaderos de Petit, nos referíamos a secuencias de alguna película y nos íbamos a ver al cine, al volver del trabajo.

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En los años 90, pese al cierre del cine -como en tantos lugares de nuestra geografía- seguiría funcionando el Cine de Verano, una apuesta personal de José Luis, el último soñador de esta familia que dio un soplo de cultura y entretenimiento a Arroyan. sociedad, apostando por las películas del momento (caso Titanic)

Por suerte para todos, la apuesta municipal y autonómica por recuperar y reformar estas magníficas instalaciones han dado más oportunidades a la cultura del cine. Sin embargo, además de los certámenes de Cine de Terror que se celebran cada año en el antiguo castillo, no estaría de más abrir las puertas de este auditorio bajo las estrellas y ofrecer más cine.

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Con el recuerdo de taquilleros, ujieres, proyeccionistas, camareros, limpiadores y la familia Solano, hago mío eso tan AUTÉNTICO: «Cine, cine, cine,… más cine, por favor».

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